El otro lado de la realidad

» Si el mundo alguna vez consigue ser mejor, será por nosotros y con nosotros». José Saramago.

» ¡¡Vaya mierda, ya llega tarde este metro!!».
» ¡¡¡Que asco de tiempo!!!. No deja de llover!!».
» ¡Menudo postureo hay en el trabajo!. ¡¡¡Aquí todo el mundo aparentando!!!.»
» No quiero ponerme malo ahora, tengo muchas cosas que hacer».
¡Os imagináis estar todos los días de vuestra vida pensando de esa manera?. Quizás a algunos no os haga falta porque seguro que ya lo hacéis.

Esa era la tendencia en la manera de reflexionar del protagonista de esta historia. Se llamaba Arturo y era un hombre agradable ,así como cortés y educado, más en su interior tenía una parte que era un volcán en erupción. Esa porción de su personalidad, se pasaba los segundos, minutos y horas del día pensando en negativo. Pensaba más en las cosas que no quería que le ocurrieran, que en las cosas que le agradaban. Además, su costumbre mental estaba tan entrenada que también  buscaba la crítica y la debilidad en cualquier persona que se le presentaba delante. Era un cazador de defectos ajenos. Un juez implacable para ver la paja en el ojo ajeno. No me entendáis mal. No era mala persona. Solo que esa faceta de su psique, era dura, inflexible y dogmática.
Su vida lejos de ser agradable o divertida, estaba enfrascada en rutinas de control y en una labor fiscalizadora constante. No obstante era inspector de educación.  Visitaba colegios. Entre el profesorado de su zona le llamaban el águila, por la facilidad que tenía para fijarse en los detalles que podrían dañar la reputación de un centro educativo. Le temían y odiaban a partes iguales. Algunos os estaréis preguntando. Si potenciaba tanto ese lado tiquismiquis suyo, ¿podía ser feliz ?. La respuesta es clara. No. Con los años y sin serlo se fue convirtiendo en un tipo gris, amargado y tan enfocado en lo negativo que nunca dejó de plantearse que era lo que quería para él.
Estudio magisterio con mucha vocación, y disfruto de años maravillosos en la universidad. Hizo amigos, se enamoró varias veces, y sintió la libertad de su juventud. Luego se sacó una plaza de Inspector educativo, algo tremendamente complicado que le daba una seguridad y estabilidad, a parte de una vida desahogada. Sin embargo, poco a poco su forma de pensar le fue alejando de la vida y sus regalos. Todo por alimentar al lobo equivocado.
Proverbio Cherokee:
» Dos lobos.
Una mañana, un viejo Cherokee le contó a su nieto,  la batalla que ocurre en el interior de las personas.
«Pequeño, en el interior de todos nosotros hay un lobo negro y un lobo blanco que luchan por guiarnos.
El negro es violento, arrogante, envidioso, soberbio, mentiroso y egocéntrico.
El blanco es alegre, pacífico, amable, sereno, humilde y bondadoso.»
«Abuelo. ¡Y cuál de los dos gana?»
«A aquel que tú alimentes.».
Pasaban los días, y Arturo cada vez desarrollaba más su parte personal crítica-negativa. Se puede decir que le había poseído casi por completo. El no lo notaba pero esa situación le estaba generando problemas. Cada vez dormía peor, apenas sonreía, y se sentía cansado a todas horas. Además, cuando alguien le ofrecía un plan para salir de su zona de confort o de su rutina, el lo rechazaba con una de las palabras que más solia usar: No.
Sin saberlo nuestro protagonista se iba acercando lenta y sigilosamente a la sombra oscura que muchos conocemos por depresión. En pocos meses le había atrapado. Arturo apenas dormía por la noche. No comía. Y en su trabajo estaba más despistado de la cuenta. La poca alegría que le quedaba la había perdido. Nuestro amigo era un muerto en vida. Un espectro, que se arrastraba en su día a día sin posibilidad de ver la luz.
Un día en un autobus, volviendo del trabajo, sintió tan abrumadoramente  los pensamientos negativos que estaba experimentado que se bajó varias paradas antes de la de su casa, sentándose en un banco. Allí rompió a llorar, cosa que no hacía hace mucho tiempo. Las lágrimas le ayudaron a sentirse menos angustiado. Permaneció allí sentado varios minutos. Quizás horas. La noche llegó y allí seguía. En un banco cercano a una parada de autobús, sin fuerzas para ponerse de pie. Poca gente pasaba ya por aquel lugar y los autobuses habían terminado sus servicios. Un ruido surgió entre las sombras. Era un carro de supermercado empujado por un sin techo. Su rostro era rechoncho y ovalado y la ropa que llevaba era una mezcla de prendas que no combinaban. Le saludó alegremente. » ¡¡Buenas noches nos de Dios !!». Arturo contesto con un hilo de voz muy frágil. » Buenas noches». » «Perdone no quiero molestarle pero está sentado en mi cama. Lo sé, lo sé es muy cómodo y dan ganas de quedarse ahí sentado  mucho tiempo, porque el colchón es de los mejorcitos» añadió sonriendo. Arturo ni le miró. » Le pasa algo amigo? Le noto muy triste». Insistió el vagabundo. Arturo contestó. «No tengo ganas de vivir. No le encuentro sentido a nada». El hombre de la calle suspiró y se sentó al lado de nuestro protagonista, y de una manera tierna le dijo.»Cuénteme señor, seguro que tiene una vida fascinante».
Y Arturo sin ánimo ni ganas comenzó a contar. A cada cosa que el mendigo consideraba un logro del hombre desolado, lo acompañaba de un «¡¡que bueno!!, ¡¡increíble!!, ¡¡que gran vivencia!!». O bien era un persona fácil de entusiasmar o la visión de la vida que tenía era tremendamente positiva aún viviendo a la intemperie. Nuestro amigo cada vez que escuchaba alguna de las expresiones de su acompañante nocturno, se sentía descolocado. ¿Que tenía de bueno lo que estaba contando si su vida era una mierda?. Al terminar el sin techo resumió. » Es usted un gran triunfador. No debería estar triste. Todo lo que ha conseguido es maravilloso. ¿Sabe lo difícil que es llegar hasta donde usted está?. Arturo le miró sorprendido. «Como ha sido sincero conmigo le voy a contar mi historia.  Me llamo Juan y hace 12 años era  el propietario de una empresa de telecomunicaciones. Facturabamos cerca de los tres millones de euros al año, y tenía a unos 15 trabajadores a mi cargo. Entonces llegó la crisis, y mi empresa se fue a pique. La mayoría de mis empleados tenían familias. Así que decidí descapitalizarme para que ellos tuvieran su finiquito. Y acabé donde me ve hoy. Sinceramente es lo mejor que me pudo pasar. Fíjese. Toda la ciudad me pertenece. Tengo camas allí donde quiera ir, y en los comedores sociales me invitan a comer. Además, casi todos los días los niños que juegan en el parque de ahí atrás me dan de su merienda si juego con ellos. ¡¡Nunca había sentido tanta libertad!! Se lo que está pensando amigo. Que estoy loco o que el alcohol me lleva a decir estas tonterías. Soy abstemio. No he bebido ni una cerveza en mi vida. En cuanto a mí cordura. ¿Quién está más loco, el que tiene muchas cosas buenas  y se niega a verlo, o el que no tiene apenas nada pero se siente rico?. «.        Como se dice en judo cuando hay una llave definitiva, la reflexión del sin techo fue todo un ipon.
Arturo se quedó unas horas más hablando con aquel hombre sabio y humilde. Le había dado una visión diferente del mundo. Se puede decir que desde aquel día Arturo dejó de mirar la vida a través de  un catalejo para verla desde un mirador.
Pues a sus ángeles mandará cerca de ti, que te guarden en todos tus caminos. Salmos 91.11
Después de aquella noche la vida de nuestro amigo cambió de una manera significativa. No os asustéis, no se convirtió en un fiestero, ni en alguien extremadamente optimista, pero empezó a saber disfrutar de todo lo que tenía  había logrado. De hecho a los pocos meses  se echó pareja y con el tiempo se casaron. Arturo trató de encontrar de nuevo al sabio mendigo que le cambió la vida, más todas sus visitas a la zona donde conversaron fueron en vano. Nunca olvidaría a aquel gran hombre. Siempre le llevaría en el corazón.
Como bien os he contado Arturo se casó y decidieron hacer el viaje de bodas, a Hawaii. En el hotel donde se hospedaban había una exposición de cuadros llamada » Los ángeles entre nosotros». Tanto nuestro protagonista como su pareja decidieron ir a verla. Nada más entrar en la sala Arturo se quedó en shock. Se había parado justo delante de un cuadro que  representaba a el hombre que le cambió la vida. Misma cara. Misma ropa. Mismo gesto.  Ante la reacción de nuestro protagonista se acercó una señora de mediana edad Hawaiina hablando un perfecto castellano.  » ¿Le conoce?» Preguntó sin rodeos. Arturo respondió, «digamos que es un viejo amigo». » Me presento. Me llamo Vatila soy la autora del cuadro. Lo que ve aquí son representaciones de angeles que en los momentos criticos de hombres  mujeres, se dan a conocer para ayudarnos». Un poco alterado nuestro amigo solo alcanzo a decir » entonces aquel hombre era…» » ¿Un ángel? Si. Lo es.». Respondió con firmeza Vatila.  «Quizás usted piense que estoy loca, pero ¿quién está más loco el que tiene muchas cosas buenas y se niega a verlo,  o el que no tiene nada pero se siente rico?. «. Arturo sonrió. No había duda. Juan era un angel.

 

 

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