Un acantilado lleno de magia

Estaba sentada en lo alto de un acantilado mientras roía nueces. Le gustaba sentarse allí para tratar de tomar decisiones importantes en la existencia, pues la vida de las ardillas es más complicada de lo que parece.
Allá estaba madurando la posibilidad de dejar atrás su tierra natal; Gijón. El corazón se le había roto en pedazos y necesitaba tomar aire. Nunca le fueron fáciles las relaciones con los machos de su especie, y la última le había hecho perder hasta el brillo del pelo. Así que entre nueces y canciones de Paquita la del barrio (cantante mexicana con muy mala idea) miraba al horizonte para tratar de superar un duelo que no terminaba de cerrar.

Aquella mañana de manera sorpresiva, un ágil delfín apareció de golpe en el acantilado. Había saltado tan alto que fue a caer al lado de la ardilla.                                                                                                    «¡¡¡¡Pa habernos matao!!!!» dijo con gracia el delfín. Y la ardilla entre sorprendida y divertida no pudo reprimir la risa.
» ¿Siempre apareces de la misma manera?.» Preguntó.
» ¡¡Que va!!. Hay veces que la elegancia en mis movimientos para salir del agua se asemeja a la de una morsa para meterse en ella». La pequeña roedora volvió a reir.
«¿Como has acabado en este acantilado?» interrogó la ardilla.
» La marea me trajo hasta aquí, y como ponerse en contra de ella es ir contra corriente me he dejado llevar y jugando he saltado con ganas y…. ¡¡aquí estoy!!, al lado de otro mamífero, pequeño y peludo, y no me refiero al Mickey Mouse. A todo esto, ¿qué hace un animal como tú en un sitio como éste?. Os imaginaba trepando por arboles más que tomando el sol cerca del mar».  Preguntó curioso el cetaceo.
«Digamos que estoy en crisis personal. No comprendo a los machos. Son todos idiotas». Respondió la hembra.
«Gracias por la parte que me toca». Rió divertido el delfín mientras añadía.                                                                                                       «Creí que ibas a compararnos con nuestros hermanos los cerdos. Por otro lado, muchos de mis colegas de género comparan a las hembras con zorras. Lo de ser cerdo y macho, o zorra y hembra, tiene que ser peor que alimentarse de las propias heces».       Observó ironicamente el mamifero marino.
La ardilla quedó pensativa ante la aseveración del agradable animal. Después reflexionó en alto:                                                         » Creo que no comprenderías lo que me pasa. Eres de otra especie y de otro sexo».                                                                                   «Nunca subestimes a un delfín. Somos capaces de comprender incluso a los seres humanos». Lo que decía el delfín era real. La capacidad de los cetaceos para comunicarse con otros mamiferos es extraordinaria.
«Entonces no debéis ser de este planeta». Inquirió graciosamente la ardilla.
El delfín continuó la broma.                                                              «Realmente venimos de otra galaxia, y vivimos en el mar para no involucrarnos con formas de vida mas primitivas como ardillas y otros animales pendencieros»                                                                                             La pequeña roedora sonrió. El caso es, que con estas divertidas conversaciones, se generó una amistad entre ambos animales y la ardilla decidió confiar en aquel bichejo de mar pues  le hacía sentir comprendida. Así, todas las tardes, ella se asomaba al acantilado y por allí aparecía el simpático mamífero saltando con fuerza.
Cierto día la ardilla le confesó lo que tenía en mente. Quería cambiar de aires. Empezar una nueva vida en otro sitio. Dar un salto al vacío. La respuesta del delfín fue clara.
» Puedes hacer lo que quieras. Pero estas buscando fuera lo que tienes dentro.  Donde vayas, habrá machos como aquí, y te encontraras en la misma situación. No es el sitio lo que tienes que cambiar sino lo que hay tu interior».
Después de las palabras del cetaceo la hembra quedó pensativa.
» ¿Cómo llegaste a esa conclusión ?.» Preguntó.
» Me paso gran parte de la vida en el agua, a merced de las corrientes del mar. Las situaciones que se dan en el interior del océano pueden llegar a descentrar pues no dependen de uno mismo. Sin embargo, un día fui consciente. La actitud que yo tuviera ante tanto movimiento acuático si dependía de mí. Decidí pues,  ponerme a favor de la corriente. Desde ese momento me hice responsable de mi propio bienestar, sabiendo que está muy relacionado con la paz interior». Respondió el macho.
«¿Eres un delfín o el mismo buda?» preguntó socarronamente la ardilla.
«Bueno, Buda y yo tenemos la misma cantidad de pelo». Ironizó el cetáceo.
La pequeña roedora se quedo con una idea. Lograr la paz interior. ¿Qué tendría que hacer?. Como si el delfín leyera los pensamientos comentó:                                                                                                      «Para estar en paz con uno mismo es necesario estar paz con la vida»
«¡¡¡Te han dicho alguna vez que eres muy místico!!!»-. Rió la ardilla.
«Llámame Liver. Es mi verdadero nombre. Místico me gusta menos». El delfín tenía una respuesta cargada de humor para cualquier situación, y eso hacía reir y mucho a la pequeña ardilla.
Al saber el nombre de su nuevo amigo la hembra decidió compartir el suyo.                                                                                          «Mi nombre es Laria. Liver explicame por favor ¿qué es eso de ponerme en paz con la vida. No suena fácil»
» Es un trabajo de aceptación de  todo lo que la existencia ofrece. Tanto de lo bueno, como de lo malo. Después es un trabajo de integración en tu peludo ser. Eso implica, entre otras cosas, aceptar a los machos como son. A los que te provocan felicidad, y por supuesto, a los que producen en ti las emociones mas negativas, pues son estos últimos los que te enseñan lo que no quieres para tí.  Lo sé, suena dificil, pero tampoco es que sea hacer el cubo de rubick a la pata coja» Apostilló el mamifero marino con humor quitandole peso al asunto.
«Te contaré una historia pequeña ardilla. Hace mucho tiempo, en el momento en el que yo luchaba contra las mareas, mis relaciones con las hembras eran complicadas. Quería ser un delfín diferente y por ello elegí salvar a hembras en apuros. Estaba enfadado con la estructura de machos alfa de mi manada así que me posicioné en su contra sublimando a las hembras sin darme cuenta de una cosa. Yo soy un macho. Hacer lo que hice era ir contra mi naturaleza. Hacer lo que hice era ir contra corriente. Un día nadando en el oceano Pacifico, iba recitando en mi interior unas palabras que me enseñaron en las costas de Hawai ( lo siento, perdoname, gracias y te amo).  Paré a observar la sombra que proyectaba mi cuerpo en el suelo del fondo del mar. Era poderosa y llena de presencia. En ese instante me di cuenta de que tan importante era mi sensibilidad, como mi fuerza, potencia y determinación. Desde aquel día tengo una certeza. Un macho puede ser tan sensible y simpático, como firme y contundente. Esta interiorización, después de muchos años, hizo que me relajara en mi masculinidad sin eruptar de manera compulsiva por ello. « Liver contaba las cosas restandole solemnidad pues comprendía que el camino para llegar a un corazón necesitaba de una pizca de risa. Por otro lado, Laria, se divertía con las ocurrencias del cetaceo y comprendía el mensaje que había detrás.
Aquella noche fue la última vez que se vieron en un tiempo. La pequeña roedora había decidido marchar a otro lugar del mundo (nada menos que a México), y como le daba pena, decidió no despedirse del delfín

En la tierra allende los mares, como bien le había dicho Liver, encontró  la misma situación. Guerra con los machos. Al igual que en su Gijón natal se refugiaba en un lugar cerca de un acantilado proximo al bosque para reflexionar sobre lo que estaba pasando. ¿Y quien apareció? ¡¡¡Liver!!!. ¡¡Otra vez!!. Su entrada como no podía ser de otra manera fue espectacular, acompañada por su consabido…..                                                                                            «¡¡¡pa habernos matao!!!.»  Nada más ver a la querida ardilla dijo en plan socarrón.
«No hay costas en el mundo donde la corriente me puede llevar que siempre acabo en la que hay una pequeña bola de pelo. ¿Cómo estás Laria? ¿ Sabes que esta feo irse sin despedirse?»
» ¿Quién eres tú que no te conozco?». Respondió la pequeña roedora mientra reía a carcajadas. Haciendose un mimo con la cabeza Liver preguntó sabiendo la respuesta.                                    «¿Cómo te trata la vida maldito roedor?. »                                       «Pffff no se qué decirte. Más de lo mismo.»
El cetaceo observador añadió.                                                              «No te veo igual. Estas cambiada».
«Sí. Hay una pequeña variación en mi interior. Creí que tenía una indigestión, pero por lo que parece, voy a ser una mama ardilla.»
Al delfín le alegró mucho la noticia.                                                 «Eeeee ¡¡qué sea enhorabuena!!.»
«Por un lado soy feliz, pero por otro, estoy triste porque el padre de la cría que traigo al mundo, no quiere saber nada.». Laria estaba apesadumbrada y angustiada.
El mamifero marino trató de animarla.                                                 «Creo que eres capaz de ser una buena madre sin ayuda de macho alguno».
«¿Estás seguro?.» Laria estaba dubitativa.
«Me juego la aleta» Contestó sonriendo el cetáceo con una mirada que la traspasó. Era la primera vez que la hablaba con ese nivel de profundidad.
Pronto la ardilla quiso saber que había estado haciendo su amigo en todo este tiempo.
Al parecer Liver había estado  dejandose llevar por la corriente como era costumbre en él, mientras integraba más paz en su interior. En aquel transito había comprendido varias cosas, sobre todo, el porque de los encuentros con Laira. Tanto él como la pequeña roedora, debían solucionar conflictos internos con los machos de sus familias. Así se lo hizo saber el cetaceo.
«Negar la parte masculina de nosotros mismos implica no aceptar el cincuenta por ciento de nuestro ser. Eso en hembras se traduce en malas relaciones con los machos, y en machos se manifiesta en dificultades que tenemos algunos para darnos dirección en la vida. Soy consciente de ello porque dejarme llevar por la corriente sin rumbo me ha desorientado en muchos momentos.»
Laira comprendía lo que Liver le quería decir. Más una pregunta latía en su interior. ¿Cómo solucionar el conflicto con el padre?.
Una vez más, el delfín se adelantó diciéndola:                                     «La humildad y la vulnerabilidad son muy  importantes. Después mi último encuentro o desencuentro con una hembra, sentí tanto dolor que me hundí en las profundidades abisales. Había vuelto caer en lo mismo. Sin embargo en aquellos abismos oceánicos desperté de la idealización que me hacía sufrir: La dirección de mi vida la marcaba el enganche emocional que podía surgir con la hembra idealizada. Ante esta situación, la necesidad de reconocer a mi progenitor se hizo más patente que nunca. Tras varios días de reflexión y de conectar con mi corazón, llegó la verdad. Mi padre fue, es  y será el mejor papá delfín que puedo tener, porque por él, soy el maravilloso cetaceo que siempre he querido ser.                  Tras está toma de conciencia, y en señal de gratitud, viajé a su encuentro sin saber que él también me buscaba a mi. Nos reconocimos, y por primera vez en la vida le dije que le quiero. Lloramos juntos, y ese llanto, liberó nuestro interior, regalándonos la fuerza que nos correponde como machos»
Laria con lagrimas en los ojos comprendió a su amigo            «Gracias por haberlo compartido conmigo. Porque no serás un macho ardilla…».
«¡¡¡Dios mío!! ¡¡¡No sabía esa faceta tuya zoofilica!!!.» Liver estaba tardando más de la cuenta en hacer una gracia. Para finalizar añadió.                                                                                                     «Mira en el interior de tu corazón. Si es necesario abraza la pena o el odio, pero conecta con todos esos sentimientos, que te hacen no aceptar del todo a papá o incluso mamá. Una vez lo hayas hecho, sacalos fuera de tí. El corazó es un organo bastante más pequeño que una mochila, y aún así, no dejamos de introducirle dolor y pesar.  Hazlo por ti y por la cría que está en camino. Si algo tengo claro desde que te conozco es que mereces todo el amor del mundo, pero para ello conecta con la humildad y la valentía. Solo siendo valiente se puede ser vulnerable.»
Las dudas volvieron a surgir en el interior de la ardillita.                   » ¿ Crees que soy capaz?».
Y una vez más, con una sonrisa en la cara y una mirada que la traspasó, el delfín respondió «Me juego la aleta». Instantes después Liver  se acercó a la pequeña roedora besandola en su peluda cabeza. Laria comprendió que se estaban despidiendo. Ambos habían compartido un aprendizaje común.
«¿Te volveré a ver Liver?».
«Cada vez que vengas al mar y te fijes en sus olas me verás. Pues el agua es la emoción y contigo he compartido la más pura. El amor incondicional».                                                                                       Estás fueron sus últimas palabras. Tras ellas, el cetaceo se lanzó al agua desde lo alto del acantilado. Laria contemplaba a su amigo alejarse con una mezcla de tristeza, ternura y esperanza, mientras acariciaba la barriga en la que se encontraba el macho que iba a cambiarle la vida: su hijo.

 

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