La golondrina Andina

Había una vez una pequeña golondrina andina que vivía en Valparaiso. Allí volaba desde polluela, junto a sus dos hermanos mayores, su papá y su mamá.

En la infancia era una golondrina feliz, aunque llegó un momento de la vida en el que sentía que le faltaba algo. Estaba cansada de volar protegida por los suyos, y de desplegar sus alas siempre de la manera que le habían enseñado. De hecho desplazarse así por el cielo la ponía triste, pues sentía que no se expandía todo lo que podía al no tener espacio suficiente entre el vuelo de sus familiares.

Un día viendo amanecer conversó con papá golondrina. » Papito, siento que aquí mis alas están agarrotadas y que no las abro del todo». » ¿Y eso mi hijita? ¿Por qué te ocurre?». » Los hermanos son grandes, y mamá interrumpe mi vuelo. Así no me siento libre para volar». «Comprendo pequeña. Hace tiempo que te llevo observando, y se que no eres feliz aquí. Nunca te he dicho nada y tampoco he querido intervenir. Quiero que logres lo que deseas porque eres mi niña así que pídeme lo que necesites».

» Me gustaría cruzar el océano. Allí donde la tierra tiene forma de piel de toro. He oído que es un lugar acogedor y que nuestros antepasados llegaron de allí».

» Cuenta con mi ayuda hijita, mas tienes que prometerme una cosa. Una vez estés en tu destino quiero que todos lo días recuerdes nuestra forma de volar pues quizás en algún momento te haga falta».

Tras esta conversación pasaron unos días en lo que nuestra amiga golondrina preparo el viaje junto a su papa. Sus hermanos la miraban con admiración y su madre trataba de meterla miedos en la cabeza. No sabía hacerla llegar lo mucho que la importaba sin usar profecías nefastas. En cierta parte nuestra protagonista cuyo nombre era Lorena, también quería alejarse del condicionamiento del miedo diario, que tan mal le hacía sentir.

Llegó la mañana de la partida y se fue despidiendo de todos y cada uno de sus seres queridos. Al llegar a su padre no pudo reprimir las lágrimas » vuela alto pequeña, y recuerdanos», La dijo con cariño, siendo el vivo retrato del amor incondicional, porque por mucho que se sintiera triste sabía que amar a los hijos es dejarlos marchar en busca de su felicidad.

Lorena voló y voló con ganas mientras sus lágrimas regaban el océano recordando la sonrisa de papá golondrina. Estaba triste por un lado e ilusionada por otro. Por fin iba a sentirse libre.

En pocos días llegó a la tierra de la piel de toro. Y al revés que cualquier gaviota no busco un lugar costero sino de interior.

Los primeros meses fueron duros. Las aves de aquel país no eran muy acogedoras y se veía desbordada por el ritmo de vuelo. Por ello no se planteó experimentar otra forma de planear todavía. Se sentía sola y muy desanimada. Un día volando entre el ajetreo de las aves una simpática Garza Real le llamó la atención. Tenía un acento extraño. » ¡Ey linda porque estás tan triste!». A Lorena le causo alegria su acento y su forma de acercarse a ella.

» Qué forma de hablar tienes tan divertida». «Es que soy una garza real transalpina. Vengo del país que parece una bota. Mi nombre es Gian»

Desde ese día golondrina y garza se hicieron inseparables y se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común, pues Gian también había salido de su tierra para volar a sus anchas.

La pequeña golondrina ya no se sentía sola y los años pasaron, tan deprisa como la manera de adaptarse a la forma de surcar el cielo de la tierra de la piel de toro. Tanto se adaptó a su nuevo destino que casi olvidó su familia de origen y sus raíces. Y en muchos momentos cuando se acordaba renegaba de aquella vida pasada. Más los extremos nunca fueron buenos y poco a poco Lorena comenzó a enfermar lentamente. Sin saberlo, había contraído la enfermedad de la Nostalgia Negada. Dicha dolencia hacia que los alimentos no la fortalecieran, y que su cuerpo cada vez estuviera más delgado.

La garza Gian estaba preocupada por su amiga » ¡Linda, tienes que hacer algo con lo que está pasando!. Te veo cada día más débil y triste».

Nuestra pequeña protagonista respondía siempre la misma frase a su amiga transalpina » si pude venir aquí sola y valerme por mi misma, esto lo superaré sin problemas». La manera de vivir de aquella tierra le habían hecho creerse autosuficiente y la autoexigencia estaba contribuyendo a que la Nostalgitis avanzara con fuerza dañando cada vez más el estado de su cuerpo.

Gian lo veía desde fuera y era consciente que Lorena no solo había olvidado el vuelo de sus familiares sino que además, tampoco estaba consiguiendo volar de la manera que creía iba a encontrar en las tierras en las que anidó.

La Nostalgitis avanzaba sin piedad e incluso había días que Lorena no podía ni moverse. La rabia y la frustración aparecieron. No comprendía lo que le estaba ocurriendo y su manera de abordar tan terrible dolencia acrecentaba los síntomas.

Gian veía con impotencia el deterioro de su alada amiga, y decidió aconsejarla ir a una instructora de vuelo llamado Gestalt para que recuperara la salud a través de sentir su cuerpo. La golondrina en principio se negó, más en un momento de lucidez se dio cuenta que necesitaba desterrar una falsa autosuficiencia que le había hecho alejarse de la ayuda de Gian.

Así que haciendo caso a su humildad puso las alas a disposición de la famosa Gestalt.

Los inicios no fueron fáciles. La instructora le hacía volar en situaciones que la resultaban muy incómodas. Acto seguido las emociones de la rabia o la tristeza brotaban del movimiento. Innumerables recuerdos venían a la mente de Lorena, sobre su país de origen, sobre él porque de su viaje, y sobre el camino tan exigente que le había llevado a enfermar. Gestalt le preguntaba una y otra vez como se sentía en cada prueba de vuelo, tras la integración del movimiento en su plumosa anatomía.

Pasaron lo meses y la Nostalgitis remitía muy lentamente. Un día llego al nido de Gestalt para continuar su terapia y recibió una sorpresa inesperada. Papá y mamá estaban allí junto a la instructora. » Es el momento de que planees como en tus orígenes». Sonriendo la golondrina padre se acercó a Lorena acompañado por golondrina madre y comenzaron a surcar el cielo como en aquellos años en Valparaíso. Atrás quedaba el hastío de los miedo que su madre le inculcaba o la imposibilidad de ocupar el lugar que la correspondía en el vuelo. Sus padres respetaban el espacio de proyección por el infinito que ocupaba, y ella emocionada comprendió que nada había de malo en como aprendió a volar pues ya sabía cuál era su lugar. Gestalt desde su posición admiraba aquellos bellos instantes acompañada de la Garza trasalpina Gian. Ambas esbozaba una sonrisa mientras comprendían que lo que estaba ocurriendo tan cerca de las estrellas es que nuestra amiga estaba sanandose.

Llego el momento del aterrizaje y aquella familia de aves tomó tierra, con alegría y coordinación, sin darse cuenta que atrás había quedado la piel de toro, o Valparaíso. Se encontraban en un lugar de Oriente Medio cerca de un lugar en el que yacían hombres ajusticiados en la cruz. Cuenta la leyenda que en el momento de la crucifixión de Cristo, tres golondrinas quitaban las espinas de la corona de aquel hombre que mostró su soberanía al mundo, para evitarle sufrimiento. Nadie supo de donde llegaron, ni porque lo hicieron. Nadie? Nadie, excepto tu, mi querido lector.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *