Volver a empezar

Lo bello del desierto es que en cualquier lugar esconde un pozo.

El atardecer era más bello de lo normal. El cielo rojo se anticipaba a la llegada de la noche. Allí sentado en actitud contemplativa se encontraba Nasser. Los días, meses, años, habían pasado, desde que se encontrara con Pablo de Tebas. Aquel maestro le mostró el camino de la renuncia en un momento en el que Nasser se había quebrado por dentro.

A la muerte de sus padres sus tres hermanos entraron en disputa por la herencia. Él intentó mediar. No solo no lo consiguió sino que además fue tratado con crueldad por ellos, arrebátandole la parte del legado que le correspondía y negándole la palabra. El sentimiento de traición y venganza le invadió de tal manera, que dejándose llevar por él, quemó la casa de los tres sin que ellos lo supieran.

Pronto se recrudeció la guerra entre los familiares, pues unos les echaron la culpa a los otros. Nadie sospechó de Nasser que invadido por la culpa emprendió un viaje huyendo de la situación que había provocado. El viaje le llevó a Pablo. El viaje le llevó al desierto.

A menudo una tumba encierra sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd.

Cortaron su pelo. Después e enfundó el hábito color naranja. Los compañeros de claustro la recibieron con amor. Buscaba sentirse en paz. Después de la muerte de su pequeño decidió encerrar el dolor tras los muros del monasterio. El silencio y la meditación la podían ayudar. Atrás dejaba a un marido que la culpaba de la muerte del hijo que ambos trajeron a la vida. Atrás dejaba una carrera como cantante que bien podía haber pasado a la historia, pues su voz melodiosa y dulce no tenía parangón.

 

Cuanto más grande es una herida mas privado es el dolor.

Giraba, y giraba con gracia, sin cesar. Hacía años había sido un atractivo bailarín. Tuvo múltiples amantes, pues tenía presencia y determinación en las interpretaciones. Las mujeres le admiraban, más nunca ninguna le amo más allá de su personalidad pública. Decidió convertirse al sufismo y pasar el resto de los días girando sobre sí mismo en busca de trascendencia.

 

Es nuestra luz, no nuestra oscuridad lo que mas no asusta. Empequeñecerse no ayuda al mundo.

Vivía sola en medio de la naturaleza. Era la mejor curandera que se recordaba en la región de Burdeos. Había decidido terminar sus días entre árboles y animales pues confiaba más en ellos que en el ser humano. Estaba desencantada con la civilización. Ver morir a algunos druidas y magos acusados de brujería la llenó de dolor. No quería estar en un mundo en el que hombres y mujeres de gran corazón sufrían la maldad de la ignorancia.

 

En el desierto…

Pablo de Tebas fue al encuentro de Nasser. Está vez lo halló dentro de una tienda rodeada de dunas. Por la noche hubo una gran tormenta de arena y Nasser tuvo que guarecerse. El famoso eremita entro en los aposentos con un “ Paz a ti”. Nasser le recibió con un  abrazo “ Amén maestro”. A la mañana siguiente estuvieron hablando durante largo tiempo. El joven asceta llevaba varias lunas, y soles sin compartir conversación con nadie.

Su último dialogo fue sobre el tiempo y  el ganado con un beduino que pastoreaba cabras. Más aquella comunicación con el maestro Pablo traía una sorpresa que Nasser no esperaba.

“ He estado en la ciudad de donde procedes. Hay una enfermedad extraña que afecta a los niños de menos de cinco años. Mueren todos sin remisión. La gente ha perdido la esperanza”. El joven pensó rapidamente en sus sobrinos y la angustia le atenazó el pecho. A pesar de la vida de renuncia que llevaba, echaba de menos a los pequeños. Tenía cuatro sobrinas y dos sobrinos, a los que dejó de ver tras el incidente familiar. Los amaba con todo su corazón.

Nasser decidió sincerarse, contándole a su maestro el pasado que le llevó al desierto. Pablo escuchó con atención.  “Soy consciente que aquí mi paz consiste en dejar de lado mi sentir hacía lo que más quiero. Al no estar cerca de nadie y en soledad, nunca pierdo mi centro. Aún así no puedo seguir engañándome. Echo de menos a mis sobrinos. Los he visto nacer y los he tenido en mis brazos. Me adoraban. Si algo les pasara no me lo podría perdonar. Más. ¿Qué puedo hacer?. Quemé la casa de mis hermanos”. Compartió el joven con su maestro.  Pablo le respondió sonriendo. «Creo que tu momento aquí ha llegado a su fin. Cuando eliges la contemplación es porque ya estás en paz con la vida. A veces, los eremitas son personas que vienen al desierto huyendo de una vida que no saben gestionar. Nasser, buscar un lugar en el mundo huyendo del pasado nunca lleva a ningún lado. De hecho la vida de quien elige huir se marchita como una flor en el desierto. Tienes todavía muchas cosas que decir y hacer. Estas dunas y esta arena estarán aquí siempre que quieras volver. Por lo que me cuentas, querido amigo, tu no perteneces a este lugar; Tu sitio esta en el mundo”.

El joven asintió  con amor a lo dicho por Pablo de Tebas. Aquel fue el último encuentro entre ambos, pues esa misma noche el maestro  salió de la tienda mientras el discípulo dormía. No quiso despedirse, pues sabía que en la vida no existe el adiós sino el hasta luego.

Nasser se levantó a la mañana siguiente para contemplar el espectacular amanecer de aquel  increíble paisaje.  Sabía que pasaría mucho tiempo hasta volver a disfrutar de él.  Una vez terminó, volvió a la tienda que había sido su hogar, y cogió el pequeño equipaje que le acompañaría en el viaje. Quería saber que estaba pasando en la ciudad que le vio nacer y partir de ahí fluir con los acontecimientos. Revisando las ropas que usaría en su nueva vida, encontró una nota firmada por el maestro Pablo  “ Un pequeño grano de arena, puede hacer la diferencia en el desierto”.

 

En el bosque…

Se levantaba cada mañana a escuchar los pájaros y se bañaba cada noche en el río a la luz de la luna. Su alimento eran raíces y frutos, y sus compañía los arboles y animales. En el fondo del corazón le gustaría seguir compartiendo su sabiduría con el mundo. A pesar de que muchas veces era un lugar cruel, también era el hogar de bellas personas. Pero, después de lo que les había pasado a muchos de sus amigos sanadores, ¿En quién podría confiar?.

 

En el monasterio.

Ohmmmmmm, Ohmmmmmmmmm, Ohmmmmmmmmm. Manta tras mantra. Ohmmmmmmmm, Ohmmmmmmmmmmm, Ohmmmmmm. Día tras día. Ohmmmmm,

Ohmmmmmmm, Ohmmmmmmm. No conseguía olvidar la muerte de su pequeño. Ohmmmmm, Ohmmmmm, Ohmmmmmm. Aún así sus cantos sonaban dulces y melodiosos con su voz. ¿ Cuánto tiempo pasaría hasta que el duelo fuera superado?. Ohmmmmmm, Ohmmmmmm, Ohmmmmmm.

 

En algún lugar de un zoco…

Giraba con elegancia y majestuosidad, al son de los cascabeles del kathakali. No era un derviche más, pues en su danzar se intuía una enorme capacidad para tan bello arte. Vuelta tras vuelta, como el planeta. Giro tras giro como la galaxia helicoidal a la que pertenece nuestro sistema solar, el bailarín se acercaba al todo, dándose cuenta que incluso en el todo son necesarias las partes. La pregunta interna que se hacía era clara. “ ¿Me queda algo por vivir?.

 

Nasser…

Después de varias jornadas de trayecto, había llegado a las tierras que le vieron nacer y crecer. Nada parecía haber cambiado durante el tiempo que estuvo contemplando la inmensidad del océano de tierra. Más algo terrible ocurría en el silencio del pueblo. Cada día se sucedían entierros de niños. Una extraña enfermedad que afectaba a los menores de siete años, estaba arrasando la población infantil. Las familias afectadas estaban devastadas. La alegría había desaparecido por completo la ciudad. Nasser esperaba que sus sobrinos no se encontraran entre las víctimas mortales de aquella inquietante pandemia. Para ello se dirigió directamente al cementerio. Quería evitar en la medida de lo posible el contacto con sus hermanos. No sabía en que punto se encontraba la relación entre ellos, y cómo le recibirían.

Arribó al campo santo. Una terrible sucesión de pequeñas tumbas habían invadido lo que en otro tiempo era un espacio muy amplio. Las lapidas se amontonaban. Incluso hubo que ampliar la necrópolis porque la muerte de los infantes era abrumadoramente abundante.

El joven ex eremita, comenzó el tenebroso recorrido sobrecogido por la tristeza de lo que estaba viendo. El miedo que tenía a encontrar las losas con los nombres de sus sobrinos le atenazaba el corazón. El angustioso paseo le llevó toda la mañana. Por fortuna, no había encontrado nada, pero eso no disminuyó la tristeza en Nasser. Cuando vivía en el oceano de arena, estaba completamente alejado de la muerte. Lo que acababa de contemplar  había tocado la profundidad de su alma. ¡¡Era todo tan grotesco!!.

Sentándose en el suelo, comenzó a llorar roto de dolor. Pronto una pareja acudió a consolarle.   Por su manera de sollozar creyeron que Nasser era un padre en duelo. Ahmed, y Nashira, que era como se llamaban, le abrazaron y calmaron, para después invitarle a comer con ellos en su casa. La conversación que mantuvo con la pareja durante velada, cambió la vida del joven ex eremita.

La conversación comenzó con la aclaración del hijo del desierto sobre quién era y que estaba haciendo allí. Nasser les contó con total humildad la situación que la había hecho regresar al pueblo. Les habló de sus hermanos, de la huida al oceano de tierra donde se encontró con Pablo de Tebas, y, también les narró la búsqueda de sus sobrinos materializada en el paseo por el cementerio que  en la mañana les había hecho encontrarse. Aquel sendero de muerte le había hecho regresar a conectar con sus emociones.

“Debes quererles mucho para dejar atrás la vida que llevabas. No sé a qué familia perteneces Nasser. Muchas abandonaron la ciudad creyendo que estaba maldita. Otros por el contrario nos hemos quedado ayudando en lo posible”. Apuntó Ahmed. “ A nosotros la vida no nos regaló la posibilidad de tener descendencia. Durante años transitamos el dolor de dicha dificultad. El duelo duró mucho tiempo. Al final del proceso, nos comprometimos con un objetivo: Por amor a quienes nacen, estamos al servicio de lo que la vida pueda necesitar de nosotros. En este momento, se necesita nuestro apoyo para acompañar a las familias, y nuestra sonrisa  humor para suavizar el tránsito de los pequeños hacía la otra vida. Todos los días, por las mañanas, acudimos al cementerio para sostener el dolor de las personas que allí encontramos. Por las tardes vamos a los hospitales a leer cuentos, y jugar con los pequeños afectados por tan fatal enfermedad. Hay gente que piensa que lo que hacemos es desagradable. Se equivocan. No hay nada que nos haga sentir más completos que ofrecer nuestro servicio a quienes sufren”. Apostilló Nashira.

Aquella pareja ejemplar conmovió al hombre que en otro tiempo, dedicó su vida a contemplar amaneceres y atardeceres. O era muy sensible a lo que estaba viviendo, o simplemente siempre lo fue, y fue la razón por la que marchó al desierto. En cualquier caso, Ahmed, y Nashira, eran dos personas dignas de admiración. En una situación en la que no tendrían que preocuparse por el prójimo, daban hasta su último aliento para acompañar el dolor de gentes que ni siquiera conocían.  Inspirado por el ejemplo de la pareja, Nasser les hizo una pregunta. “ En esta situación, ¿qué puedo ofrecer yo a la vida?”. Ahmed contestó sin titubear. “Dicen que en tierras muy lejanas, hay un grupo de personas con sabiduría suficiente para acabar con este espanto. El problema es, que según sabemos, están siendo ajusticiadas por los que ostentan el poder. Por desgracia hay lugares en esta tierra en los que los más poderosos son los menos sabios. No sé si quedará alguien con vida de este grupo de sanadores. Lo que si se, es que necesitamos un viajero que inicié la búsqueda del último resquicio de esperanza que nos queda.  Quien  quiera que sea, deberá atravesar medio mundo creyendo que puede encontrar la sanación para los niños, sin certezas de éxito, pero con la esperanza de que está enfermedad quedará en un mal sueño»

Tras escuchar a Ahmed, Nasser tuvo el convencimiento de que él era el viajero que las gentes estaban esperando. Guiado por una determinación sin parangón, se puso de pie preguntando. «¿Hacía donde tengo que dirigirme?. Voy a encontrar cura a esta enfermedad». Ahmed y Nassira se sorprendieron ante la disposición casi inmediata del invitado, más mirándole a los ojos fueron conscientes de que en el interior del antiguo hijo del desierto una fe sin limites se había despertado.  La pareja comprendió que aquella fuerza motriz que florecía en el corazón de su nuevo amigo era una característica propia de los grandes hombres y mujeres del pasado que jamás creyeron en la palabra imposible. La esperanza volvía surgir. Nasser era la esperanza.

 

El bailarin…

 Yo quiero verte danzar como los cíngaros del desierto
con candelabros encima,
o como los parineses en días de fiesta.                                                                     
Franco Battiato.

 

La monja budista…

Om tare tuttare ture svaha                                                                          Om tare tuttare ture svaha                                                                          Om tare tuttare ture svaha                                                                          Om tare tuttare ture svaha…..

 

La druida…

Ag amharc tri m’óige                                                                                     is mé bhhi sámh.                                                                                            Gan eolas marbh.                                                                                           Bhí méog san am.                                                                                           Mirando hacia mi juventud,                                                                        yo estaba contento,                                                                                        sin conocimiento de muerte.                                                                       Era joven, sin tiempo.                                                                                   (Traducido del Gaelico).                                                                               Na Laetha Geal M´Oige                                                                                Enya.

 

El encuentro.

Había llegado a Estambul para hacer una prueba con una compañía de danza en la que necesitaban una voz femenina. Era la primera audición que tenía  después de muchos años. Aún así, la voz, estaba entrenada de tanto repetir los mantras que aprendió en el monasterio en el que se enclaustró.

“Vengo a la prueba de cantante. Mi nombre es Nahiris”. Así se presentó. El resto fue un recital de canto que fascinó a las personas que hacían el casting. Había vuelto a dejar que la creciera una larga melena morena, y su rostro ya de por si dulce, se había suavizado más si cabe.

Oírla cantar y contemplarla era  una delicia. Los bailarines que allí estaban dejaron sus ensayos para poder escucharla. Entre ellos anonadado se encontraba Sahir, conocido en la compañía como “El Resucitado”. Nadie sabía donde había estado en años pasados. Desapareció del mundo de la danza en el momento de más éxito. Hay quien comentaba que el corazón roto, le había hecho abrazar el suffismo. Pero ¿quién podía confirmar el rumor?. Solo Sahir sabía la verdad.

El seguía considerándose derviche, solo que ahora danzaba alrededor de la vida. Al escuchar el canto de Nahiris, se acercó a observar quien era capaz de obrar tanta belleza. Nada más verla el corazón comenzó a latirle con fuerza. Si la voz le enterneció, el rostro terminó de enamorarle. En otras ocasiones había tenido un flechazo. En esta situación sintió que un vínculo interno le unía a aquella mujer. En un momento del canto, Nahiris, miró al bailarín, experimentando sensaciones familiares en el cruce de miradas.

“¿Nahiris te llamabas?. ¡¡Dios mio!!. ¡¡¿Eres consciente de don que tienes en tu garganta?!!. Estás contratada. Serás la voz de  las canciones de nuestros bailes.” Con dicha frase el director de la compañía le hizo saber que el casting había sido un éxito para ella.

A partir de aquel día se sucederían los ensayos, viajes y actuaciones por toda Turquía. La compañía de danza unió a Nahiris y Sahir. Se enamoraron, y aunque ambos corazones mantenía heridas del pasado, el amor venció al miedo. Nahiris era la voz de aquel espectáculo y Sahir el primer bailarín. La unión entre ambos hizo que el éxito alcanzará a aquel modesto grupo de artistas. Tan increíble fue la acogida del público, que la gira se extendió por Egipto.

Una noche después de amarse y antes de dormir, Nahiris quiso compartir su sentir: “ Actuar en Egipto me llena de alegría. Estoy muy agradecida a este país. De esta tierra es la persona que me devolvió a la vida”.

“ Que curioso. Hace tiempo conocí a un egipcio. Un tipo admirable. Dejó una vida de eremita por servir a los demás. Realizaba un viaje buscando la cura para una extraña enfermedad que estaba acabando con los niños del país del que procedía. Su ejemplo me hizo salir de la cueva”. ompartió Sahir.

Entre incrédula y sorprendida la cantante preguntó. “ ¿Por casualidad su nombre no sería Nasser?”.  «¡¡Si!!. Su nombre era Nasser!!».

¡¡Era increible!!. Alrededor de la figura de aquel valiente y comprometido ser humano se había cimentado el amor entre dos personas a las que el dolor les hizo encerrarse en sí mismas. Las horas siguientes de camino a Alejandría,  Nahiris y Sahir compartieron confidencias del pasado, así como caricias y complicidad. Al final de la  noche el ex derviche y la ex monja budista se hacían una misma pregunta. ¿Qué habría pasado con Nasser?.

Mi viaje.

Tarde nueve meses en llegar a la tierra donde encontraría a la maestra. Por desgracia, comprobé en primera persona lo que Ahmed me había adelantado. En la plaza central de una ciudad a la que acababa de arribar, se iba a proceder a la ejecución pública de dos ancianos. Un hombre y una mujer de unos setenta años iban quemados en una hoguera delante de las gentes del lugar. Habían sido condenados por el tribunal llamado de la “Santa Inquisición”. Prendieron el fuego. Muchas de las personas que presenciaban el martirio lloraban. Hubo un tiempo que los sanadores eran respetados y queridos por todo el mundo. La ola fundamentalista de algunos católicos con poder, destruyó conocimiento y personas a partes iguales. Lo que estaba pasando allí era una terrible locura que nada tenía que ver con Jesús el maestro.

Era paradójico. Mientras nuestro país necesitaba  hombres y mujeres medicina, en otros lugares del mundo eran asesinados por brujería.

Ver como se quemaban dos personas era un horrible espectáculo, así que me giré de espaldas a la hoguera para no contemplar el horror. Lo más estremecedor de todo es que no chillaron. Dándose la mano se entregaron al destino con aceptación. Recé por sus almas estremecido. Las lagrimas poblaron mis ojos, lo que no evitó que a lo lejos viera a una mujer encapuchada salir de plaza a paso acelerado. Guiado por mi intuición procedí a seguirla. Pronto estaba fuera de la ciudad introduciéndome en un bosque tras los pasos de una desconocida. Era noche cerrada y las estrellas iluminaban el cielo. En algún momento la encapuchada se percató que alguien la seguía. Se dio a la vuelta y encaminó sus pasos hacía mi diciéndome. “si has venido a detenerme hazlo ya. No quiero seguir viviendo para ver morir a más amigos”. Estaba claro. Aquella dama, se escondía, pues era una de las personas  perseguidas por los conocimientos sanadores que poseía. Me arrodillé. “Por favor señora.  Necesitamos su ayuda. En mi país una terrible enfermedad está matando a los niños”. La druida no esperaba mi reacción. Cogiéndome de las manos me levantó. Se quitó la capucha dejando al  descubierto el rostro de una mujer de mi edad. Tenía los ojos marrones y el pelo castaño, y era algo mas alta que yo.  Me habló con cariño “ ¿de dónde vienes viajero? y en ¿qué consiste la enfermedad de la que hablas?”.

Tras lograr encontrar una sanadora, las semanas fueron pasando. En aquellos días hablamos de los síntomas del mal que aquejaba a la infancia en Egipto,  pero también lo hicimos de mi historia personal. Ella fue elaborando una cura con plantas que había recolectando, mientras conversábamos sobre la vida y sus maravillas. Precisamente nosotros, dos personas que  habíamos vivido aisladas reconocíamos lo maravilloso que era estar vivo. El hecho de haber cumplido mi misión y de que ella usara su conocimiento al servicio del mundo nos había reconciliado con la existencia.

La llamaban Esmeralda y decidió volver conmigo a Egipto junto con un grupo de druidas que allí no solo estaban en peligro de muerte, sino que además desperdiciaban su sabiduría al ejercerla con miedo en la clandestinidad.  En el regreso a mi querido país apagamos los focos de la epidemia y salvamos muchas vidas.

La vida me hizo el regalo de reencontrarme con mis hermanos y sobrinos, en una de las ciudades a las que llegamos como sanadores. El gran Dios no quiso que los pequeños murieran. Por otro lado, sorprendentemente, mis hermanos me recibieron con las brazos abiertos. Fue tan angustioso lo vivido en mi país aquellos años que la gente se unió ante la crisis. Mis hermanos no fueron una excepción.

Esmeralda y sus hermanos druidas se asentaron en el desierto poco tiempo después. Allí enseñaron a las personas sus conocimientos sobre sanación. Dos de los primeros alumnos fueron Nashira y Ahmed, que se mantuvieron a pie del cañón durante lo que duró la pandemia.

En todo el tiempo que estuve en contacto con ellos, también aprendí a sanar a los demás y a mi propio corazón. Hoy por fin puedo decir que estoy  en paz con la vida y que esta me ha regalado una piedra preciosa: Esmeralda. Es mi compañera de vida. Mi amante. Mi amiga, y en breve la madre de mi hijo.

La sorpresa….

La voz de un niño sacó a Nasser de la escritura de su autobiografía. “¡¡Tiooooooo deja de escribir!!. ¡¡Ven a contarnos algo de tu viaje antes de dormir!!.”. “Vale ¿qué queréis que os cuente? “Preguntó el viajero. “ ¿La historia del bailarín que se hizo derviche y de la cantante que se hizo monja budista?”. Era su favorita.

Una vez los sobrinos quedaron dormidos, Nasser se dirigió al aposento donde descansaba Esmeralda, con el recuerdo en la cabeza del encuentro que tuvo en el viaje con aquellas dos maravillosas persona

“Buenas noches cielo”. Dijo acariciando el rostro de Esmeralda. “Buenas noches viajero” respondió besándole en los labios. “¿Duermen ya?’”. “Sí, he conseguido que durmieran. Debe ser que mis historias les resultan aburridas” sonrió. “Bueno mañana no podrás contársela. Recuerda que llega a la ciudad una compañía de danza que viene desde Turquía. La misma de la que dicen que son tan buenos que han ampliado la gira a Egipto.”. “Cierto.  Por la noche actúan en la plaza. ¡¡Se me había olvidado!!. Bueno, pues allí estaremos. Viniendo de donde vienen, seguro que nos sorprenden”.

Y les sorprendieron, ¡¡vaya si les soprendieron!!.

 

 

 

 

 

 

 

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