Viaje al centro del corazón

Hacía mucho tiempo que mi anatomía y fisiología avisaban. Algo tenía que cambiar.
La sensación de fatiga me acompañaba.
Primero fue el hígado el que dio la voz de alarma. Aquel proceso que duró un tiempo no hubiera sido igual sin la ayuda de aquella dama amorosa.
Después fueron mi intestino y mis riñones los que pidieron tregua. Era como si todo el cuerpo me hubiera dicho que ya era hora de cambiar de piel, y lo hacía por partes. Poco a poco. Sin prisas.

Aquella mujer me acompañaba con su sonrisa de nuevo en el transitar por la enfermedad. Sentir su calor cerca era similar a sentir la misma salud. Una noche introspectiva, mientras observaba las estrellas, fui consciente muy dentro de mí que nunca había dejado de arroparme desde que empecé a desmontarme física y egoicamente. Era un regalo, pues normalmente la enfermedad va acompañada de  soledad. Sin embargo la señora decidió seguir a mi lado en una etapa  de la vida en la que ni la presencia física ni el vigor me acompañaban como en el pasado.
Su actitud me ayudó a comprender que el amor es misterioso y desconcertante, pues hunde las raíces en profundos terrenos de los que brotan flores increíblemente hermosas. Tan hermosas como lo era la dama.

La situación era diferente a las anteriores, porque aunque necesitaba realizar un nuevo esfuerzo para recuperarme, mi posición había cambiado al ser más consciente y serena que en las circunstancias anteriores.
Empezaba a saber comprender y amar a mi cuerpo. Así que sólo por eso, decidí realizar un viaje al interior para descubrir de que manera acabar con el idilio temporal con la enfermedad, que ya empezaba a resultar tan familiar como duradero.

¿Cómo lo hice?. Una noche antes de irme a dormir, sentí que era el mejor momento para realizar una visualización. Así que imaginando a un pequeño yo que entraba por mi nariz decidí adentrarme en esa materia tan preciada que conformaba mi biología.

Poco a poco fui recorriendo recovecos de mi cuerpo hasta llegar a un lugar de obligada parada. El hígado. Era amplio y muy oscuro. Daba la sensación de que allí se había desarrollado la madre de todas las guerras. Había restos de  seres oscuros por todos lados y un grupo de pequeños personajes de apariencia humana con sonrisa amable y ojos serenos.
Le pregunté a  uno de ellos. » ¿Que ha ocurrido aquí?».
» Se ha liberado la batalla entre los representantes de la amabilidad y el perdón, frente a los de la ira y el odio. Hemos sufrido numerosas pérdidas y mucho dolor, pero nos hemos impuesto. Los sentimientos de resentimiento crearon un gran ejército pero la luz llegó desde un lugar desconocido y nos guió hacia la victoria».
Me sorprendió ante la sabiduría de mi cuerpo y los elementos que lo conformaban. En el hígado fui consciente de como el proceso hacia el perdón había sanado mi cuerpo. Pero ,¿la luz? ¿De dónde habría llegado?.
Despidiéndome de los amables seres que liberaron mi hígado de la enfermedad proseguí mi camino.

El siguiente destino fue el intestino. A mi llegada un olor desagradable lo invadía todo. Otro enfrentamiento estaba aconteciendo en aquel lugar. Un grupo de probióticos estaban combatiendo contra unas terribles lombrices que habían tomado el lugar. Me sitúe alejado de la pelea, y observé los acontecimientos. Los probióticos estaban siendo superados, pues aquellos gusanos eran fieros y potentes, ya que se alimentaban de todas aquellas creencias de incapacidad que tenía sobre mí mismo. Miedos, inseguridades, complejos, eran el manjar que les convertía en tremendos monstruos de mis profundidades.
A lo lejos se oyó un ruido ensordecedor, y de manera providencial, una ola de agua descomunal apareció por sorpresa arrollando a las lombrices con fiereza. Una vez más, mi cuerpo se había posicionado. Si ninguna creencia me nutría a mí, tampoco sustentaría a organismos parásitos.

Agradecí  de corazón a mi fisionomía que tuviera tanto saber y avancé esta vez a los riñones. Me los encontré vacíos y en calma. Allí se había originado la ola contraataque contra las alimañas de mi tormento.  Aquellos órganos comenzaron a hablarme. » Nuestro dolor es tu miedo, y tu amor nuestra fortaleza. Una luz apareció y nos enseñó a contraatacar al terror que nos atenazaba. Has de descubrir de donde viene, pues es lo que hace que estés recuperando tu vida».

Tras estas palabras y guiado por la intuición me desplace por una gruta, que a cada paso se hacía más oscura y angosta. Sabía que por muy difícil que fuera aquel camino debía transitar por él para comprender cual era la clave de mi sanación. La senda se hacía era tortuosa y agobiante. Mi avance era penoso, desalentador y ciego, tanto que en un lugar del camino tuve que continuar a gatas pues apenas había espacio para caminar.
Cuando las fuerzas estaban a punto de fallarme vislumbré luz delante mía.  Sacando una determinación que ni siquiera sabía que tenía, entré una estancia donde se encontraba un órgano de un color verde luminoso: era mi corazón.
» Seguir el camino del corazón es un ejercicio de fe en el que incluso nos toca arrodillarnos con humildad en algún momento del trayecto» escuché en aquella estancia. El órgano cardíaco me estaba hablando
» El amor te ha sanado. Sólo cuando enciendes mi luz encuentras paz y salud. Nunca lo olvides».

Emocionado al escuchar aquellas palabras me arrodille ante él. Justo después de levantarme alguien acaricio mi espalda. Me giré y ahí estaba ella. La dama luminosa acompañada de mis seres queridos ( familiares y amigos).
Sonriendo pregunté » ¿Qué haces aquí? ¿Qué hacéis aquí todos?.».
» Tu me diste las llaves de tu corazón, y al abrírmelo a mí, se lo abres al mundo». Respondió.
Escucharla de nuevo era sentir el amor. Un amor que me había devuelto la paz, la salud y la fe en el ser humano. Un amor que veía reflejado en los ojos de aquella maravillosa mujer.

 

 

 

 

 

 

 

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