Encuentros con la diosa

Hace mucho tiempo ya, las mujeres y los hombres del planeta se repartían las misiones de la vida de acuerdo a un orden natural que establecía la Madre Tierra Gaia. Se respetaban los ciclos existenciales en los animales, las plantas y seres humanos, y el equilibrio era perfecto.

Todo era armonía y belleza. Incluso los corazones latían en la misma pulsación.
Pero sucedió un día que los vientos espaciales trajeron de otros lugares de la galaxia un extraño virus que hizo cambiar la situación. Aquel extraño aire inoculaba un sentimiento de autosuficiencia y egoísmo en quien lo respiraba, y las consecuencias no se hicieron esperar. La primera fue que muchos hombres y mujeres decidieron dejar de trabajar por un bien común, y  comenzaron a moverse por sus propios intereses. La ruptura social se produjo. Gaia había dejado de influir en el alma del ser humano y pronto aparecieron las primeras disputas por el poder y el control. La locura se había instalado en los corazones. La competitividad había sustituido a la cooperación.

La visión de todo aquello le acababa de llegar en sueños a Ángela con tremenda claridad. Se despertó sobresaltada. Sentía con mucho dolor que el glorioso pasado que tuvimos como civilización, se fue al traste de una manera  extraña y precipitada.

No acababa de comprender lo que había vivido, pero sentía que aquel sueño era real. Las imágenes de otros tiempos prósperos y pacíficos le habían removido. Por ello, comenzó a replantearse el modelo de vida que llevaba. Estaba dispuesta a romper con todo buscando aquel mundo posible que muchos tildarían de utópico. ¿Cómo empezar la búsqueda?. Quizás lo mejor sería tomar conciencia de de la acción del virus en el cuerpo, la mente y el corazón de las personas.
Días después día se dirigió a su trabajo muy conectada a la atención para tomar conciencia de como liberarse de una manera de vivir que por otro lado hacia tiempo ya no la llenaba.

Una vez llegó al lugar donde realizaba su profesión, comenzó la labor diaria con la diligencia y profesionalidad a la que se había acostumbrado. Era una referencia dentro de su empresa por ser una gran geóloga, y nunca había dejado de estar a la altura de las circunstancias. Pero aquel día, algo había cambiado. «¿A la altura de qué circunstancias quiero estar?. ¿Acaso no estoy haciendo lo que otros esperan de mi?». Siendo consciente de su parte, se dio cuenta de que las consecuencias heredadas de aquel viento espacial que sufrieron nuestros ancestros, se traducían en su caso en una gran auto exigencia y en falta de libertad. Trabajaba para los demás buscando una aprobación que en muchos casos nunca llegaría. Lo malo de esta situación es que no sólo se había repetido en su trabajo. En su vida personal también había tratado de ser muchas veces perfecta para sus parejas, sin mostrar fisuras o desacuerdos. Había mordido el anzuelo de innumerables creencias falaces que surgieron tras la desconexión con Gaia. La invadía el enfado por haber caído en tal autoengaño, pero también compasión de si misma porque había hecho lo que había podido en función de lo que sabía.

Guiada por una gran valentía, determinó que aquella jornada de trabajo sería la última en la empresa. Dejaba atrás años de entrega y sacrificio y ante ella se abría una puerta de incertidumbre pero de gran esperanza. Tras tomar la decisión, quiso conectar con las raíces, y con su propia esencia para dar el siguiente paso. Aquella noche cogió el coche y se dirigió a unas montañas que había cercanas al lugar en el que vivía. Una vez allí, guiada por el inconsciente, comenzó a realizar un ritual en el que Ángela dejó de ser geóloga para pasar a ser  hechicera. En una lengua que sólo comprendía ella, invocó fuego, aire, tierra y agua. Tras dicho ritual, ya no solo comprendía intelectualmente nuestro planeta sino que se sentía conectada con él desde el corazón. Y en ese nuevo estado de conciencia el espíritu de la gran madre le habló con suavidad en el interior. “Hola hija mía, eres de las primeras personas que vuelve a mí para restablecer la armonía y el vínculo que un día nos unió. Habeis comenzado una carrera frenética hacia vuestra autodestrucción, pero seres como tu habéis decidido volver a mi esencia».

Ángela emocionada contestó » he estado gran parte de mi vida estudiándote, admirando tu funcionamiento y tus particularidades, pero nunca pensé que iba sentirte tan dentro, madre».

Gaia volvió a hablarla con aquella dulce voz » Naciste con el don de liderar a través de la palabra. Quiero que transmitas al mundo las bellezas de la vida, conectando con la emoción de los seres humanos. Hazlo con la dulzura del chocolate y con la suavidad de un baile. Sólo así conseguirás tu misión”.

Ángela abrió los brazos en señal de gratitud y dejó que la energía del planeta entrará en ella llenando cada uno de los lugares del cuerpo. Desde esa noche se identificó con su misión  y comenzó con una hermosa labor que continuaría el resto de su vida. La autoexigencia había dado paso a la realización y la libertad. Ahora era una mujer conectada con la vida poniéndose al servicio de ella. Ahora Ángela era una mujer iluminada

 

 

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