El niño que quería que el hombre naciera

Hace tiempo que había llegado allí. Era una cueva cálida pero muy oscura. No existía ningún atisbo de luz dentro. Él se había acostumbrado a aquel lugar, de tal forma que había olvidado incluso como era la vida fuera de las tinieblas.

Por si esto fuera poco, tampoco tenía ningún recuerdo de quien fue y de las glorias que vivió. Parecía que su memoria se había disipado en aquella negra nada. Por ello nuestro protagonista creía ser un niño desvalido que había entrado a la cueva para cobijarse de un mundo exterior inhóspito y hostil.

En el mismo lugar vivía, lo que muchos magos y hechiceros conocen como susurrador. Estos seres viven en la negrura, al amparo de las sombras. Se alimentan del miedo de las personas, generándoselo a través de mensajes sutiles que comunican  en los oídos. Según cuentan, los susurradores nos hablan a todos  en la oscuridad y en silencio de la noche. El que moraba en aquella cueva era tan antiguo como el propio mundo. Una criatura ancestral que representaba la densidad y todos los miedos. Allí no hacía falta que se hiciera de noche para sobrevivir, así que su poder era ilimitado, y casi eterno. Posiblemente era el susurrador más anciano del que se tiene noticia en el mundo de la magia.

El protagonista de esta historia lo sufría a diario. Hora a hora. Segundo a segundo. Cada minuto del día o de la noche, le tenía en el oído contándole lo horroroso que era el exterior y lo segura que era la cueva. El susurrador hacia constantes alusiones a la crueldad de los que afuera vivían, y era capaz de anticiparse a los pensamientos positivos de la persona que residía con él, transformándolos en negativos. Nuestro amigo había pasado tanto tiempo en la negra nada que hizo de aquellos susurros una verdad inquebrantable, que repetía en su interior como si fueran mantras.

Un día o una noche, ¿quién sabe? (en el mundo de las sombras todo es lineal y monótono), un ruido se escucho en el interior de la gruta. Algo había chocado contra una piedra  generando estruendo. Enseguida nuestro protagonista se sobresaltó. El susurrador aprovechó la situación para recordarle que no podía salir de allí. El sonido vino acompañado por la voz de un niño.       » ¡¡¡Otra otra otraaaaa!!». Y a los pocos sonidos ¡¡¡otra estridencia!!!. El hombre que residía en la cueva, comprendió qué significaban los gritos que oía y lo qué estaba pasando en el interio de su hogar. Alguien ,posiblemente un niño, estaba tirando piedras dentro de la cueva. El grito» ¡¡¡Otraaaaa!!», iba acompañado del consiguiente chasquido posterior. Ante dicha situación, decidió comunicarse con quién estaba provocando el escandalo. De su garganta volvieron a brotar palabras que creía haber olvidado. » ¡¡¡Quien anda ahí!!!’. Dijo el hombre de la caverna» El niño pego un chillido » ¡¡¡ayyyyyy el pozo habla!!!!». Después vino el silencio. Parecía que el pequeño tirapiedras había salido huyendo asustado. Por fín, un hecho aparentemente nimio había roto la monotona y oscura vida de nuestro protagonista. Cada piedra que escuchó y cada palabra que brotaba del pequeño, le hizo recuperar parte de una memoria que creía borrada. Recordó su infancia, con la familia. Rememoró a sus grandes amigos, los partidos de fútbol que jugaron y las gamberradas que perpetró con ellos. Evocó el colegio, a sus profesores y por supuesto, a la niña de la que estaba enamorado. Aquel golpear de la piedras contra la oscuridad le había devuelto la humanidad.   Los gritos despreocupados y transparentes del niño, le habían devuelto la alegría y la esperanza.

Ante esta situación al susurrador no le quedó mas remedio que realizar su trabajo con más intensidad, o se quedaría sin alimento. Con un discurso sin fin hizo visualizar a nuestro amigo, situaciones no tan agradables de lo que afuera le podía esperar. El oscuro ser atacaba con toda la munición, y el protagonista de esta historia se aferraba a un arma que había recuperado: la fe.

La confrontación se prolongó por un tiempo más. Por un lado estaba la recuperada confianza del hombre de la cueva. Por el otro el miedo agónico que trasmitía el susurrado. El combate fue de los  más épicos que se recuerdan en la historia de los cuentos. Allí se estaban posicionando las dos pulsiones que gobernaban las pasiones de los seres humanos. El amor y el miedo. La lucha fue encarnizada, pues quién perdiera perecería, ya que donde hay amor no hay miedo, y donde hay miedo no hay amor.

Un pequeño aliado del amor  volvió a aparecer en escena a favor de nuestro amigo. » Hola pozo, cómo estás». ¡¡¡El niño había regresado!!. Allí estaba creyendo hablarle a un pozo que en su tiempo le había contestado. » Hola pequeño, ¿estás seguro que esto es un pozo?».  El pequeño se entusiasmo ante la respuesta» ¡¡Me ha hablado me ha hablado!!! Sabía que este pozo hablaba!!. No era imaginación mía.!!».                                                                                    » No, no soy un pozo, soy una persona. Al menos eso creo.» El niño tardó en contestar.                                                                                    «¿Y por qué te has metido ahí dentro?».                                              «No lo se. Ni siquiera recordaba que esto es un pozo. Siempre he creído que era una cueva».                                                                         » Dime amiguito, porque si esto es un pozo no soy capaz de ver la luz de fuera».                                                                                                 » Pues no se la verdad. Se me ha ocurrido algo. Ahora vengo».

El trasparente pequeño marchó en busca de algo. El susurrador aprovecho  para seguir con la guerra pisocologica, tratando de  infligir  miedo al hombre de aquella oquedad.                                      » No va a volver. No estás hablando con  un niño. Lo que te espera fuera, es una trampa» Le repetía una y otra vez.                             Más nuestro protagonista ya solo tenía atención para el nuevo vínculo que había generado y los susurros le resultaban como el hilo musical de los ascensores.

Cuando más fuertes se estaban haciendo los siniestros mensajes del ancestral ser, nuestro protagonista comenzó a observar un atisbo de claridad . Un leve reflejo iba llegando muy sutilmente, hasta el fondo de lo que antes creyó una cueva. Al final de la galeria, pudo contemplar una linterna atada con cuerda. El infante le había hecho llegar la luz, y con ello más retazos de conciencia.

El regalo del pequeño le permitió contemplar como la estructura del pozo era tan curva que donde él se había situado era imposible que llegara la claridad del sol. Por algún motivo, se había resguardado de la luz.                                                                               La linterna también le ayudó a comprobar  que él no era ni mucho menos un niño. Sus piernas, sus brazos, sus manos, eran  de un hombre  de unos treinta años, que a pesar del tiempo que había pasado allí,  se mantenía fuerte y sano. La pregunta era, ¿que fue lo que le había llevado a aislarse del mundo y de la luz del sol? . Al  formularse esta pregunta interior  el susurrador le incordió en el oido.                                                                                                            » No me tuviste en cuenta, no nos tuviste en cuenta y al final el desamor te trajo a mi». Ante la situación, nuestro protagonista enfocó con la linterna en dirección a la voz. En dicho lugar, se encontraba, una figura famélica y desquiciada. Apenas pesaría 40 kilos. Su rostro estaba demacrado y remarcado con una expresión de la rabia y dolor. Tenía la mirada perdida y los dientes negros como la oscuridad en la que se aposentaba.                                           » Soy el miedo del mundo, que se traduce en rabia y desesperación. Quien me ignora o me subestima está a mi merced. Está a nuestra merced».

El hombre del pozo quedó impactado por la horrible visión y por la toma de conciencia. Comenzó a recordar que un día decidió quitarse del medio. Había tenido un desengaño sentimental. Además, estaba en un trabajo que no le llenaba y  experimentaba dificultades para sentirse perteneciente a una idea o proyecto. Nunca pensó en el suicidio, más decidió torturarse hundiéndose en el fondo del abismo del huerto del pueblo de sus abuelos.           La criatura añadió» Soy tu sombra. Somos las sombras del mundo. Al no haberme visto hasta ahora, ha sido fácil manipularte y nutrirme de ti.»

El hombre de la cueva se había quedado petrificado y aterrado, cuando de nuevo una voz, surgió desde lo alto del foso. » ¿Oye vas a tardar mucho? La linterna es de mi abuelo y me dijo que me la dejaba un rato». Cada frase del pequeño era una chispa de optimismo, que desbloqueaba al ser humano entre tinieblas, de las manipulaciones del susurrador. Imbuido por una nueva fuerza el hombre le dijo a la alimaña» Ahora te veo. Se lo qué representas. y en lo que me puedo convertir si me dejo llevar por ti. También sé que mientras exista la inocencia de un niño en mi interior, podré salir de cualquier pozo en el que me meta». Dicho esto se giró con fuerza enfocando la linterna en dirección a la salida del abismo y comenzó a trepar por la pared con determinación. Salir de las sombras era más fácil de lo que había pensado.

En el exterior era de noche. La luna y las estrellas brillaban en el precioso cielo de campestre. No había rastro del pequeño por allí. Salió algo artudido por lo que caminó con lentitud hasta dar con un camino. Allí se encontró con a anciano. » Buenas noches. » Saludó. » ¿Necesita ayuda?». El hombre del pozo le contó su historia al vetusto ser humano. El anciano no solo no se asustó, sino que  sonrió y le dijo mirándole a los ojos. » ¡¡¡Sabía que saldrías de allí!!. Ha pasado mucho tiempo desde el día que lanzando piedras al pozo, creí que este me hablaba, y hoy por fin ¡¡¡veo que estás fuera!!!. ¡Por favor podrías devolverme la linterna de mi abuelo?. Se enfadó bastante conmigo por habersela perdido» Nuestro protagonista quedó estupefacto. ¿Cómo era posible que el pequeño hubiera envejecido tan rápido?. El anciano interfirió sus pensamientos. » Creo que vas a necesitar ropa. La que llevas te queda grande.» El hombre de la cueva, el hombre del pozo había salido convertido en niño. La vida le había dado una nueva oportunidad que no dejó escapar. Disfrutó cada uno de los segundos, minutos y horas que vivió. Atras quedó el susurrador y su congoja. La plenitud le acompañó el resto de la existencia sabiendo que incluso en los momentos de más oscuridad,  siempre hay un niño dispuesto a prestarnos una linterna.

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